Sólo en cuatro ocasiones de mi vida he tenido la oportunidad de viajar por avión. En cada despegue y aterrizaje me asomaba lo más que podía a la ventanilla para poder ver la Ciudad de México desde los aires. Es una vista hermosa y placentera (particularmente de noche con tantas luces amarillas entre tanta oscuridad), aunque parece que para los voladores frecuentes la vista no les genera otra cosa más que indiferencia. Una de las cosas que más me causa curiosidad de la vista aerea de la Ciudad de México es el Lago de Texcoco o mejor dicho, lo que queda del Lago de Texcoco. Irremediablemente me pongo a pensar en cómo lucía el Valle de México lleno de agua y con una ciudad plantada sobre ésta allá por 1519, antes de que la Gran Tenochtitlán fuera destruida por las manos de los españoles.